Escribo esto porque después de llevar varios años recorriendo innumerables kilómetros por el viejo cauce del Turia quiero recordar lo vivido desde el principio. Aquellos primeros días en los que comenzaba a experimentar unas nuevas sensaciones. Cuando la lluvia, la noche, el frio o el calor extremos no eran obstáculos que impidieran satisfacer mi ansia, ansia de escapar, ansia de superar, ansia de sentir, ansia que sigue viva, pero domada.
No era la primera vez y sin embargo era el principio. Antes lo intenté, pero nunca con la misma devoción, entrega y sacrificio. Ciertamente, puedo decir que en ocasiones tuve algunos momentos obsesivos y de alto coste personal, pero con el tiempo he aprendido a utilizar algo de inteligencia para conseguir incluso mejores resultados.
El ansia me llevó a sufrir fuertes dolores en los tendones, en las rodillas y contracturas musculares. También adelgacé en extremo y me expuse a riesgos excesivos asumiendo retos para los que todavía no estaba preparado.
A menudo me pregunto si la exposición a estos peligros no es más que una insensatez o frivolidad consecuencia de una vida excesivamente acomodada, pero cuando pienso que la alternativa es convertirse en una especie de vegetal pensante, no puedo menos que volver a sentir ganas de salir corriendo.
He disfrutado de amaneceres preciosos sintiendo en la piel el aire fresco de la madrugada junto con la calidez de los primeros rayos del sol. He estrenado el aire al respirar y he dejado en el suelo las primeras huellas de la mañana. El rocío me ha salpicado las piernas y las ardillas han cruzado el camino delante de mí. Pero también alguna rata de alcantarilla y algún borracho perdido. También he tenido que esquivar los cristales rotos de los últimos gamberros de la noche y sus vómitos. He corrido entre refugiados, mendigos e indigentes bajo los puentes. Pijos paseando a sus perros, familias disfrutando del domingo, niños jugando y adolescentes tonteando. Parejas enamoradas y la eterna señora de azul y guantes blancos. Malabaristas, funambulistas y equilibristas. Músicos, danzas y tambores africanos. Grupos practicando tai chi, fox-trot y charlestón. Ferias, fiestas, fútbol y patines.
Con la lluvia casi todo el mundo se esconde. Solo quedamos algunos corredores a los que no nos importa mojarnos, aunque sea también por fuera. Tormenta, viento, frio y noche es una combinación perfecta para descubrir a los corredores más acérrimos. Sentir que superas todas las dificultades, que no te importan las inclemencias y que se convierten en un acicate, es excitante y embriagador.
Desde los primeros comienzos, con simples rodajes de diez a veinte kilómetros, o más allá, al alcanzar los treinta con tiradas largas, he ido alcanzando territorios inexplorados de mi resistencia, sensaciones límite y agotamientos máximos. Las piernas obedecen la disciplina de la mente, pero la propia mente se resiste a continuar. El límite de los cuarenta kilómetros también cayó, eso sí, de forma épica, en una larga mañana de domingo, esquivando paseantes asombrados de ver el sufrimiento delante de sus narices. Y más allá también, los sesenta y cinco kilómetros, y de montaña, donde el calor y el frio se dan la mano para aliarse con el hambre y la sed. Y los cien kilómetros, con nieve, ventisca y niebla, a más de dos mil metros de altura y temperaturas bajo cero, y los ciento veinte, donde a todo lo anterior cabría añadir la amarga sensación del abandono. Experiencias todas ellas desconocidas en mi otro mundo, el mundo real, pero grabadas en mi piel y en mi mente con imágenes de lucha, superación y victoria, en una sucesión de escenas que conforman mi mundo imaginario.
Empecé a correr allá por el verano de 2003, justo después de nacer Irene. Recuerdo el primer día, a media tarde, con el calor remitiendo, salir de casa y sentir el crujir de cada articulación, el peso de mi cuerpo sobre mis rodillas y tobillos y tener que parar, agotado, a los doscientos metros. Siendo lo más duro, también el comienzo es muy satisfactorio. Si no hay lesiones la progresión es acelerada. Con todo y con ello fueron inevitables las contracturas musculares y los dolores en los tendones y ligamentos, y ahora creo que poco faltó para que no me los partiera. Todavía recuerdo cuando recién levantado andaba como un pato y apenas si podía dar un paso por los fuertes dolores. Habían de pasar algunas horas para que pudiera andar con normalidad.
Una afición que había comenzado a practicar con la esperanza de conseguir un reto: llegar a correr una maratón. Teniendo Sandra apenas dos añitos asistí como espectador a la llegada de la maratón y me quedé impresionado del pundonor, del sufrimiento y de la lucha que veía en aquellos corredores. Recuerdo, desde nuestra buena posición en alto, entre los pinos, en la esquina anterior de la entrada al estadio, como apenas a unas decenas de metros delante de nosotros caía rodando por tierra un corredor a causa del agotamiento.
Si bien no era la primera vez que me calzaba unas zapatillas sí que es cierto que en experiencias anteriores tuve que abandonar por falta de motivación y por algún dolor insuperable en las rodillas. Fue con el regalo de Silvia, aquel primer par de zapatillas, con el que más me aproximé a convertir el correr en mi mayor afición. Sin embargo, tuvieron que pasar tres años más para hacerlo realidad. Y ello tuvo que ser en el transcurso de un viaje exótico, en una playa de Zanzibar, frente a las costas de Tanzania, calzando unas simples sandalias y resoplando detrás de mi sobrino Jose. Aquella mañana me impuse el reto de no volver a arrastrarme jamás como un gordo jabalí cojo y me gané unas tremendas ampollas en ambos pies para las próximas semanas. De regreso a casa me curé las heridas y todavía tuvieron que pasar casi cinco meses hasta que, definitivamente, me calcé las viejas zapatillas y di aquellas primeras zancadas que me han traído hasta aquí.
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