Con estas demoledoras palabras una dulcecita voz me recibe al llegar a casa.
No son los miles de impactos en los pies, los músculos inflamados, las rodillas hechas cisco, roces ensangrentados por todo el cuerpo, chorros de sudor seco en la cara, rastros de polvo, barro, arañazos, golpes, el pelo hecho estropajo, restos de espumarajos por la boca, no, no es todo esto lo que más duele.
Es la tierna vocecita dulce pero afilada, inquisidora, preguntando con abrumadora y terriblemente pura inocencia:
¡Papi, papi! ¿has ganado?
Casi sin voz emito unos sonidos: No hija, no.
No contenta con esto, insiste hurgando en la herida, allí donde más duele, con saña y sin piedad: Pero, habrás llegado segundo, ¿no?
La respuesta no puede ser otra más que la cruda realidad: He llegado el 1539. ¿Cómo?, me espeta, ¿que has llegado el qué? Y... ¿detrás de todos esos? Pero… ¡si te pasas los días corriendo!
Y así me quedo yo. Mirando en el espejo la especie de guiñapo salido de las cavernas en la que me convierto después de una carrera y pensando… ¡y sin embargo sigo corriendo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario